Francisco Ojalvo era un hombre que entendía las situaciones con mucha facilidad, lo que le había dado la fama, entre los habitantes del pueblo, de ser prudente, comprensivo e incluso, para algunos, sabio. Él, sin que nadie se diese por enterado, había tratado de asesinar al señor Mauricio Acebedo, tres veces alcalde electo y dueño de la bonita pensión que se encontraba un par de calles más abajo muy cerca del río. A pesar de haberlo intentado en varias ocasiones en ninguna había tenido suficiente éxito como para dar a entender que lo había logrado.
Aquella mañana Francisco se encontraba de pie frente al inerte cuerpo del señor Mauricio, quien además era conocido por sus frecuentes ataques catalépticos por los que casi había sido enterrado vivo en más de una oportunidad. — ¿Acaso debo creer que la razón de este estado es la muerte? — se preguntó aun sabiendo que en realidad no había nada que apuntara a ello. — Pero eso no significa que esté vivo — se repetía constantemente.
— Talvez si alcanzo a tocar su rostro — pensó y rápidamente dirigió su mano para tocarlo. Lentamente se volteó hacia la puerta, su mano había atravesado al señor Mauricio sin siquiera sentirlo pero él no estaba sorprendido.
— En efecto — dijo en voz alta sabiendo que ya nadie lo escucharía — estoy muerto — y se retiró cerrando suavemente la puerta tras de sí para no perturbar el tranquilo sueño del pálido señor Mauricio.



